lunes, noviembre 17, 2014

El temor a la despedida

Ni un solo beso.
Ni si quiera una última caricia.
Bajo la lluvia helada de la estación, con las primeras luces del alba, nos despedimos.
No quise tocarte. Demasiado devastador sería verte montar en ese tren. Volver a sentir tus manos sobre mi cuello sería insoportable.
Me quedé muda y fría, llorando escarcha como lo hacía aquella mañana de enero. No quería creer que te marchabas.




[...]


Dejé pasar los días. O los meses, lo cierto es que no lo sé. Como la loca de San Blas volvía cada día a la estación. Miraba embelesada las luces cegadoras de los trenes esperando verte bajar de un vagón.
Deseaba que de repente me miraras con esos ojos avellana y sonrieras.

Y volviste. Aunque tan cambiado, que ni si quiera pude reconocer tu sonrisa, tu olor.  Esa forma de mirar que me derretía.
En algún lugar de tu viaje, habías dejado que tu dulzura se amargara. Habías convertido a mi príncipe en tu
bestia.