miércoles, noviembre 21, 2007

En aquella tarde en que te conocí.

Y seguía llorando, sin saber por que. Era duro entender que hoy debía de elegir. Elegir entre seguir sintiendo, o lo que era lo mismo, seguir sufriendo, o arrancarme el alma, arrancarme con ella tu recuerdo para no pensar más en ti.
Los días se habían vuelto un infierno, y mi corazón desvanecía sin más.
Las cosas no tenían explicación alguna, y ya nada me importaba, si tú ya habías elegido, y ahora era a mi a quien le tocaba el turno de decidir.
A cada instante buscaba la luna, en ese cielo. Y a cada instante las nubes la cubrían entre destellos de luz que salían de entre las sombras.
Te había perdido, quería saber, pero como entenderlo, si desde aquella tarde contigo se había forjado un amor imposible, entre dos personas incapaces de congeniar, que desde aquel entonces, habían sellado su destino.
Una suave brisa corría entre las copas de los árboles aquella tarde, creando ese efecto que algunos denominan miedo. Unas débiles gotas de agua habían comenzado a caer, mojando mis dedos, mi cara, y con ello tu recuerdo. Un extraño olor a tierra mojada subía desde el suelo, que levantaba mi cabello, y a mi mente te hacía llegar.
No sabía muy bien que pasaba, si el cielo parecía que estallaba, y mi corazón en veneno quería gritar.
Yo le rezaba a esa luna lunera, de quien decían que curaba todo, yo quería que me curara de esta pena que me ahogaba en mi propio llanto, que me dejaba sin aire, que me había robado de este mundo.
Y decidí borrarte de mi, de mi corazón y de mi mente. Borrarte de todo mi mundo, aunque eso significara que mi alma debía morir también. No recuerdo muy bien que sentí en aquel instante, ni como fue mi cabeza capaz de entender que ya no te echaría de menos, que ya no pensaría en ti, que ya no te quería, que lo habia superado, y que podría vivir así.
No quería recordarte, y aferrarme a que dicen que por suerte, la mente borra de su recuerdo los más amargos momentos vividos.
Y tu debías ser borrado, como amargo recuerdo que eras, como aquello que me había llevado al suicidio a quien no me debía arrojar.

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