jueves, diciembre 14, 2006

MORIR DE PENA

Perdida en la infinidad de la negrura de tus ojos, me enamoré de ti, ahogada en ese mar de estrellas que presides como un Dios.
Desde el lugar más recóndito del mundo me hablaste. Y yo, sobre la línea imaginaria que separa nuestros hemisferios, tú al sur, yo al norte, te escuchaba.
Decías con palabras de atónito que no me amabas, entre pausas que entrecortaban tu voz, entre pausas que detenían mi aliento, que paraba de mi corazón el latido.
Sentí un fuerte estruendo, que me enmudeció de palabras, que cayó tu boca, que no me dejaba sentir. Lo negro blanco, lo blanco negro, todo cambió.
En ese instante mi mano se separó de la tuya, mi flujo vital dejó de correr, esa energía que me mantenía en pie, dejó de existir.
Caí. Y durante muchas noches no logré levantarme entre llantos que me asfixiaran, entre voces que a mi alrededor decían que no me amabas más.
Entonces todo mi dolor paró, mi mente paró, mi corazón paró. Poco a poco fui sintiendo frío, inmovilidad.
Y me encerraron para siempre, en la caja sin fondo de un hoyo sin fondo, por haber muerto de pena por estar sin ti.